El sonido de la brisa del campo, la serenidad y una ambientación que captura todos los sentidos se apoderan de quien visita esta casa que mira al lago Carite.

Su propietario, un joven profesional que por su trabajo viaja constantemente, ama llegar al pueblo que lo vió nacer y disfrutar de la tranquilidad y paz que le brinda su hogar.  No hay teléfono, ni llega la señal de celular. Eso para él es lo mágico de este lugar.

En un principio la casa fue su segunda propiedad, sólo para pasar los fines de semana y compartir con sus amistades. Pero hace dos años decidió convertirla en su residencia permanente. Llevaba muchos años residiendo en el Condado, pero su destino estaba en su pueblo natal.

“El destino conspiró para venir a Guayama, mi pueblo de origen. Un día de paseo por la Ruta Panorámica, pasé por aquí y lo que me gustaba de niño me capturó. Este lugar me brinda la estabilidad y seguridad que todo ser humabno busca. Además, llegan a mí todas las memorias y recuerdos de la niñez. Es lo mejor que me ha podido suceder en la vida”, explica con satisfacción el propietario.

La estructura era muy pequeña, así que decidió ampliarla, pero respetando sus orígenes. Para los trabajos, utilizó carpinteros locales del sector. La casa, hecha completamente en madera de cedro, combina una construcción rústica y un concepto de ambientación moderno algo minimalista.

Para amueblar, el dueño se trajo todo el mobiliario que lo había acompañado en sus residencias anteriores de la Zona Metro. Para él, es sorprendente ver cómo todas las piezas adquiridas a través de su vida crean una ambientación totalmente distinta a la que tenía en sus residencias anteriores.

“Empecé a colocar las piezas según me lo pedía la casa. Todos los elementos aquí se unieron para lograr un mismo fin: crear una ambientación totalmente nueva, con muebles contemporáneos y minimalistas en combinación con accesorios muy clásicos de metal y cristal de Fabergé”.

Por: Laurimar Rivera

Fotos: Jesús Fuentes