Es divertida, colorida y cada pieza en ella es un conversation piece. Lo que se ve, se siente en la casa de la artista Emilia Carcache.

Aquí se contrasta lo alegre y lo relajado y cada detalle guarda una hermosa historia familiar. La casa de Carcache es un remanso de paz que comparte con su esposo y sus dos hijas universitarias.

A Emilia el talento le sobra y allí es su taller, donde dedica su tiempo a la cerámica, a diseñar prendas y carteras y a transformar en una valiosa pieza todo lo que caiga en sus manos.

“Ahora estoy dedicando mi tiempo de nuevo a la pintura en canvas y a la cerámica, pero utilizándolas para crear y transformar piezas únicas para la decoración del hogar. Trato de reinventar con piezas viejas, usadas o abandonadas, haciendo de ellas obras de arte”, explica la que fuera estudiante de maestros como Guillermo Sureda, Jorge Rechany y Luis Hernández Cruz.

Aquí la creatividad no tiene límites. Desde las máscaras de cerámica que adornan el tronco de un gran árbol en su patio (y que sus hijas hicieron en su niñez), hasta cada cojín pintado a mano por ella misma. Emilia es experta en upcycling; lo que para otros no sirve, para ella tiene un gran valor y belleza.

De padre nicaragüense y madre puertorriqueña, tuvo la oportunidad de ver desde niña la pobreza del país natal de su progenitor. De él aprendió el valor de las cosas y que, lo que es inservible para unos, para otros tiene un valor incalculable.

“Algo que es importantísimo es darles enseñanzas a nuestras hijas de que es importante ser diferente, dar el máximo y ser feliz con lo que Dios nos permite tener y hacer. Eso es posible si estamos orgullosos de lo que tenemos y utilizamos nuestros talentos para hacer de todo”, manifiesta.

Los gabinetes de la cocina, la unidad de pared de la sala diseñada a la medida, así como todas las puertas de la residencia, fueron traídas de Nicaragua. Puertas que generalmente están abiertas, pues para Emilia es importante disfrutar el verdor de la naturaleza mientras trabaja sus obras.

Aunque cuenta con piezas heredadas de su abuela, la mayoría de su mobiliario y accesorios fueron tapizados, pintados y renovados por sus manos. En esta casa no es raro ver paredes escritas con mensajes motivadores, tapas de zafacones hermosamente pintadas, paletas de madera como bases de lámparas y troncos de árboles como mesas.

Todo tiene su historia y hasta algún recuerdo familiar. De hecho, una de las telas que usara para confeccionar cojines para la casa tiene una historia como sacada de una película.

“Encontré en casa de mis papás una cajita llena de cartas que ellos se escribieron durante un año en su noviazgo de larga distancia”, cuenta. A esas cartas Emilia le tomó fotos y con ésta confeccionó una tela para cojines.

En la terraza, cortinas blancas imparten un aire de frescura, mientras el piso azul brinda color y la madera ofrece calidez.

Dos paredes exhiben obras de arte pintadas directamente en la pared.
“Mi casa está llena de marcos de madera o de aluminio fijos. Yo voy cambiando las pinturas y las pongo dentro de esos marcos”, dice.

Todo esto para Emilia es parte de su cotidianeidad. Decorar con recuerdos, arte e imaginación, pero sobre todo con el amor que imparte en cada pieza que pone en sus manos.

“Esta es nuestra casa en la montaña, es nuestro campito en la ciudad. Es muy alegre, pintoresca y llena de paz. Aquí las reinitas anidan felizmente y los coquíes nos cantan en la noche. Esta es nuestra casa, donde guardamos un gran tesoro, nuestra familia.”

Sacado de un cuadro de Emilia Carcache.

Por Lauriemar Rivera Pérez
Fotos Gil Stose